Bueno. Llegó el momento de los adioses. Desde que comencé con estos relatos sabía que iba a escribir este último mail con mucha pena, y así va a ser por lo visto. Estos últimos días han sido bastante intensos, y muy ocupados, y apenas he tenido tiempo de sentarme al computador. Y aquí estoy ahora, a 24 horas 10 minutos de partir de Fukuoka, tratando de hilvanar algunas palabras lógicas que sirvan de despedida...

Capítulo 21. Sayonara.

Cuando supe que venía a Japón muchas cosas me aterraban. No estaba seguro de que el dinero de la beca alcanzara para vivir bien, sufría de antemano por la comida que iba a tener que comer, por el tamaño de los departamentos, por las convenciones sociales, por un idioma que apenas conocía de oídas, por los tifones, etc. Así que la excitación de un viaje emocionante se mezclaba con serias dudas sobre nuestra adaptación a un mundo tan extraño, tanto que lo llamamos "Lejano Oriente".

Pero la verdad, poco a poco, la realidad se fue imponiendo, y fuimos aprendiendo a disfrutar. La comida es rara, sí, algunas cosas incomibles, pero en general es diferentemente rica. Las costumbres sociales son muy distintas. Esto de no saludar de beso a las amigas es bien frustrante; tener que hacer infinitas reverencias para todo es cansador; no olvidar hacer regalos en determinadas ocasiones es estresante. Pero uno se adapta a todo, la verdad.

Y así fuimos, con el correr de los meses, sintiéndonos cada vez más cómodos acá. Con dinero suficiente para vivir, un departamento barato y muy amplio, rodeado de árboles, con un hermoso Parque Kasuga a un par de cuadras de distancia, con vecinos y amigos extraordinariamente útiles y acogedores, y disfrutando de un muy grato ambiente de trabajo en la universidad... ¿qué más se puede pedir?

Sí, la verdad es que tenemos mucha pena. Vamos a echar mucho, mucho de menos este hermoso país. La gloria del sakura en primavera, los fuegos artificiales y las mujeres en yukata en verano, las decoraciones que parecen inundar todo Japón para cada festividad, etc. Todas las pequeñas y grandes cotidianeidades se van a extrañar realmente. Los programas infantiles de NHK, los ruidosos programas de farándula, el sonido del shamisen, el J-pop, los comerciales con modelos vestidas de geisha. Todo.

Vamos a echar de menos también a esos niños maravillosos que fueron compañeros de Alejandro durante dos años. Que tuvieron que soportar a un niño que no se podía comunicar con ellos, y que sólo sabía empujarlos para decirles que quería jugar. Y que ahora, cuando nos vamos, está convertido en todo un japonés. Habla perfecto el idioma, ayuda a sus compañeros más pequeños, participa de la ceremonia del té, del undoukai y come con palitos.

Hemos tenido tantas despedidas los últimos días, que he estado con la garganta apretada casi permanentemente. Esta sensación de angustia constante es un poco agobiante, pero supongo que es un justo homenaje a un país que nos ha maravillado completamente, por su cultura, por sus paisajes, por sus tradiciones, y sobre todo por su gente. Ojalá podamos volver alguna vez. Dejamos muchos amigos que queremos ver y con los que no queremos perder contacto.

A riesgo de sonar antipatriota, la verdad es que no tengo nada de ganas de volver. Por supuesto que en Chile hay amigos, familia y trabajo, pero dos años son poco para alcanzar a echar de menos. Creo que lo único que me hace pensar que, después de todo, es mejor volver, son las fuertes exigencias de vivir, a largo plazo, en una sociedad tan competitiva, meticulosa, tradicional.

Por cierto, Japón está lejos de ser un país perfecto. Los japoneses son bastante machistas, y pueden ser bastante racistas. Autoexigentes hasta niveles absurdos, los suicidios, incluyendo los juveniles, son una realidad presente con frecuencia en los noticiarios. Llenos de reglas para todos, presos por la puntualidad, respetuosos hasta la autohumillación frente a los superiores, no es fácil ser japonés. Pero como extranjero, viviendo sólo dos años acá, y más encima en un ambiente académico, ninguno de estos defectos de esta sociedad es realmente relevante. Más aún, se perciben como virtudes. Todo parece funcionar a la perfección en esta sociedad, los trenes llegan a la hora, en las tiendas lo tratan a uno siempre con el mayor respeto, nadie cruza con rojo el semáforo, los autos *siempre* se detienen cuando una bicicleta va a pasar. Encantador.

Desde infinitos puntos de vista, ésta ha sido una experiencia enriquecedora, que hemos sido unos privilegiados de vivir y compartir con ustedes. Muchas gracias por haber tenido la paciencia de leer estas historias, revisar las fotos de tanto en tanto, y enviar sus comentarios ocasionalmente. Ha hecho estos dos años aún más gratos.

Nos vemos en Chile.

Sayonara.

Victor